Actualmente, saber lo que pasa en el mundo –o, quizás mejor dicho, lo que los medios informativos cuentan acerca de lo que pasa- resulta fácil. Basta con esperar a que asome el próximo noticiero a la pantalla del televisor. O, si tenemos más prisa, consultar en la computadora o el smartphone la edición digital de nuestro diario favorito. Pero hubo un tiempo en que las noticias llegaban lanzadas desde una bicicleta. Así las repartía el Chilo en este barrio nuestro de La Mondiola.
En la galería de mondiolenses que marcaron la personalidad de la barriada a mediados del siglo XX, hay que reservar un lugar destacado para el Chilo, en la cédula Miguel Ángel Folabella, quien dejaba de casa en casa la ración diaria de noticias frescas, que iba lanzando atinadamente a cada destinatario desde una bici que rodaba por calles sembradas de pozos.
Su popularidad era tal que incluso quedó registrada en un tema musical. «Mi barrio, mi lindo barrio -nos dice Alberto Mandrake Wolf- es el estribillo de una hermosa canción de Mario ‘Chichito’ Cabral, y en ella evoca al inolvidable Chilo».
Edison Stasieniuk Borowa recuerda y dibuja con nitidez la estampa del canilla. “Si alguna anécdota recordamos con mis amigos de aquella época –relata Edison- es la habilidad que tenía el Chilo en el reparto de diarios, para tirarlos doblados desde la bicicleta y ponerlos donde él quería: en un balcón, en un jardín, o en el cancel de cualquier casa. ¡Un fenómeno!”.
Rafael Mantaras glosaba en un comentario de esta página la destreza sin par del Chilo para acertar en sus impactos periodísticos: “Brillante el Chilo. En mi casa recibíamos El País y El Día por la mañana. El loco los plegaba de tal manera que los convertía en proyectiles infalibles, los pasaba de canto entre rejas a treinta metros. Un disparate”.
Elbio Barilari rememora la cantinela que a veces acompañaba al reparto de prensa: «¡Acción, Plata, La Mañana, El Día, diaaaaario! ¡Salió la Marcha!».
Entre 1943 y la mitad de la década de los 70, la información de Uruguay y del mundo viajaría hasta las casas del barrio a impulso del potente brazo del Chilo: el horror de la bomba atómica sobre Hiroshima y Nagasakí, el triunfo de Fidel Castro y sus barbudos en Cuba, la llegada del hombre a la Luna, el golpe de estado de 1973…
En ocasiones, el canilla contaba con la chiquillería del barrio como colaboradores espontáneos y honorarios, según nos cuenta João Geraldo Estrada Pibernat de Carvalho: “Los pibes de 10, 11, 12 años como Abeli, Salome, Federico, Filtrini, Tato, Daniel, Fernando, yo y otros tantos corríamos al lado de su bicicleta, poniendo los diarios abajo de las puertas o por los jardines”. Tato Decar Estrada y Gonzalo Rodríguez Villamil también evocan aquella participación de los gurises en el reparto.
Y Leo Ravera, María Teresa Silva Calafat, Omar Garcia Pereira, Alvaro Gastelu Raggio, Cristina Cris, Alberto Wauters Gepp y Dany Canepa son otros amigos de este Facebook que guardan en el disco duro de su memoria un cálido recuerdo para aquél al que Alicia Rizzi califica como “super diariero”.
La diaria vuelta ciclista del Chilo Folabella al barrio tenía el punto de partida y la meta en su quiosco, en 26 de Marzo y Pagola.
En el local, fronterizo con el antiguo pueblo de Nuestra Señora de Los Pocitos, se vendía todo tipo de publicaciones. “Ahí mis padres me compraban Charoná y Billiken, y golosinas“, señala Marcelo Berasain, entonces aún un escolar.
Pero no sólo eso: “Tenia allí algunos ‘flippers’ y me hice tan cliente que a veces el viejo me iba a sacar calzado en la pata, porque me jugaba hasta la plata de la merienda”, narra Edison Stasieniuk Borowa. Y Yamandu Gonzalez recuerda que también “se jugaba a la conga y quiniela de costado, pero sin quemar a nadie”.
Alvaro Gastelú nos retrata las cuatro esquinas de Pagola y 26 en aquel tiempo: “La heladería Ariel, la Farmacia Pocitos, el Almacén y Bar Ajedrez, y el quiosco del Chilo”.
Además del ciclismo, casi por obligación, nuestro protagonista practicaba otro deporte. ¿Cuál sería? Ha acertado usted: “Gran jugador de fútbol, el Chilo“, describe Fernando Parrella. «Ex jugador bohemio», añade Wil Negreyra. «Me contó que en sus años mozos jugó en Wanderers»,
completa Jorge Andres Cardozo Soto. Magela Folabella, hija del Chilo, nos lo confirma y precisa que «le decían la bailarina de Wanderers por lo bien que jugaba» Magela nos añade también que formó en el Cañoncito Foot-Ball Club y que «incluso llegó a practicar en Peñarol llevado por los hermanos Schiaffino, pero en aquel tiempo no podía dedicarse a practicar; había que trabajar».
Los recuerdos de los que convivieron con el Chilo, como Jorge Eduardo Ravera Verdesio y tantos otros, lo reflejan «bondadoso y con una lindísima familia, con Jorgito, Mercedes y Magela, lograda con su esposa Pocha».
Quienes lo conocieron sólo tienen para él elogios, porque no sólo repartía diarios; sobre todo repartió simpatía y amistad. Su hijo Jorge Folabella nos decía: “Veo que realmente era muy querido… Aquí me doy cuenta del cariño y aprecio sobre mi viejo”.
