Del libro “Del Barrio La Mondiola” de Julio Garategui
UNA GAITA EN LA NAVIDAD DE LA MONDIOLA
Estas fechas son más que oportunas para traer aquí el relato del libro de Garategui titulado “Una gaita en La Mondiola”, una entrañable semblanza del gallego Andrés Barro y su bar “Amarest”. Y es que Navidad y Año Nuevo eran días en los cuales inexcusablemente Barro salía a las calles de La Mondiola para celebrar con los vecinos las festividades compartiendo los sones de alboradas, jotas y muiñeiras surgidas de su gaita.
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En ese cruce de mágica extrañeza por sus aconteceres, 26 de Marzo y Buxareo, boliche sin mostrador de estaño, sin mesas de truco ni borrachos adormilados; No fue sitio de copas. Donde nunca fue a cantar Juan, que había desaparecido del barrio en una nube de alcohol y recuerdos. Pero fue referencia en La Mondiola. La amistad de extensas raíces, con su alegría y picardía, se había esparcido hasta los cimientos del «Amarest» para brotar allí con júbilo. Pudo ser un comercio más sin pena ni gloria como tantos, pero no. El delirio se había filtrado por resquicios de sus puertas y ventanas. Es que a su propietario los duendes de la quimera le revoloteaban en su nostalgia y lo empujaban por callejuelas de su lejana juventud. Ingresaba un hálito de amor, en un soplo de vida, cuando su aliento insuflaba el pulmón de esa gaita que trajo en su partida. En su vibrante eufonía se refugiaban sus antepasados, recuerdos de su niñez.
Era el pueblo, la aldea, padres y abuelos, su música, sus bailes, y en esa algarabía un canto espiritual de su cultura. El terruño por siempre en su corazón. Sólo la estridencia del sonido lograba trastocar su melancolía en el vuelo de una alegría que irrumpía en el silencio del barrio con notas conmovedoras. Y sí porque sí, el yoyega Andrés Barro combinaba su eufórico júbilo con una cuota de «morriña». En lugar en lugar de sentarse en el rincón de las arañas para lamerse las heridas del exilio, salía a la calle y ahogaba una lágrima en ese viento loco del norte que lo abrazaba. Mezclaba su música gaitera con tambores que venían repicando por Buxareo. Por eso el gallego Andrés es inolvidable. Su boliche no fue un negocio cualquiera; si bien no tuvo mostrador de estaño ni borracho adormecido, heredó la mística de las 2B y con ello el recuerdo perpetuo de sus vecinos. En esos tiempos, quien no escuchó la gaita de Andrés era tristemente sordo.
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