Ritchie Silver en la calle Osorio

ESTABA NACIENDO UNA LEYENDA

Por Julio Garategui
Fue en la década de los 60. El Club Social y Deportivo La Mondiola (con sede en la esquina del cordón de la vereda de Luis Lamas y Osorio) tenía riquísima historia en lo deportivo y social. Destacados jugadores de fútbol, atletas, acreditados jugadores de truco, un tal ajedrecista y fuerte arraigo comunitario. La barra de adolescentes y veinteañeros que lo conformaban decidió dar un paso trascendente, teniendo en cuenta el prestigio que habían logrado en el barrio y sus inmediaciones.
En la calle José Luis Osorio 1280 alquilaron a un vecino el terreno del fondo de su casa, al cual se podía acceder por el costado de la vivienda. Su construcción fue posible con la solidaria mano de obra de los veteranos (casi todos parroquianos del Bar Terremoto). Quince palos de eucaliptus, tablas de costaneros sus paredes, chapas de zinc para un techo cantarín cuando las lluvias, tablones sobre casilleros eran los bancos, sillas donadas. Sobre seis tanques se levantó el escenario y tomó forma la arquitectura de aquel refugio de la alegría barrial: nuestra Sede Social.
Vecinas, madres e hijas fueron las encargadas de la decoración. Cumpleaños, fiestas, despedidas de solteros. Domingos invernales calefaccionados a pura leña, lotería de cartones y chocolate. Un hogar comunitario y solidario. Emergió entre arbustos y recostado a un árbol de ciruelas “My Club”, con el tiempo una leyenda, que sin imaginarlo daría paso a otra leyenda.
Primavera del 61. Se festejaba el retorno de las flores, su perfume, las mariposas y las vecinas chancleteando en las veredas con el barrido. Un sábado a la noche se anunció, pizarrón en la vereda: “Hoy 21 horas se presentan The Hot Blowers”, orquesta integrada con músicos del barrio y el cantante Ritchie Silver. El mayor inconveniente para redactar el aviso fue saber cómo se escribían el nombre de la orquesta y su cantor.
Con entrada gratuita, todo el vecindario se volcó a escucharlos. La música entró por puertas y ventanas. La estruendosa sonoridad de la orquesta inundó de música La Mondiola. La voz de aquel joven intérprete asombró al público. Su repertorio en “inglés”, otras canciones en español. Fueron sus cofrades del barrio, “compinches” en aquella asombrosa presentación, Bachicha Lencina, Federico García Vigil y Enrique “Pelo” Boni. De las inmediaciones, los hermanos Fattoruso, Arturo “Cacho” de la Cruz, Tomás Paolini.
Aquel humilde escenario escasamente iluminado fue plataforma de despegue de esa innovadora, maravillosa orquesta. Y fue cuando se produjo un quiebre en las pautas musicales que cohabitaban en los oídos y sentimientos de los mondiolenses, barrio de tango.
Del jazz algo se pispeaba, pero dixieland estilo norteamericano, ni noticias. La irrupción de aquellos sonidos que invitaban a bailar fue aceptada sin muchos reparos. Es que los músicos del barrio y sus amigos nos dieron la oportunidad de escuchar por vez primera una eufonía sincopada y alegre. Pero lo realmente asombroso fue la voz del tal Ritchie, su cantor.
(Oíamos por vez primera una voz que luego daría origen a esa fusión de jazz y candombe; seguro que el artista llevaba el repique impreso en sus genes).
Sus interpretaciones rompieron con el esquema rítmico de nuestros oídos tangueros y habaneros al emitir los arpegios y acordes complejos del jazz. Ese joven a quien la picardía le pintaba su sonrisa, y su ductilidad para hacer de su cuerpo un generador de energía, lograba una comunicación asombrosa con los espectadores. Provocador de sentimientos encontrados, emoción y alegría. La bonhomía era una piel que cubría su morena piel. Imposible evitar simpatía y cariño hacia su persona. Fue, no un destello de luminosidad, sino una llamarada permanente de fantásticos aconteceres.
No siempre se le reconoció, por ser diferente. Pero aunque él no lo supiera, había nacido para permanecer en el tiempo y el cariño de su pueblo.
Esa noche en La Mondiola había nacido una leyenda.
El barrio lo rodeó, y él se rodeó de notables músicos del barrio. Allí Federico García Vigil, Manolo Guardia, Bachicha Lencina, Chichito Cabral, Urbano Moraes, Carlos “Caio” Vila y Mateo entre otros grandes.
Su inmersión en el mágico Taller de los Inútiles de la calle Manuel Pagola lo irradió con esa luz, que luego él supo proyectar para borrar las sombras de la tristeza.
Hermano Rada:
La muerte no te llevó, fue tu trampolín para elevarte a la inmortalidad.
Sólo se mueren aquéllos a quienes se olvida.