Aquella pareja tenía un hábito singular. Al pasar frente a su casa de la calle Julio César, se los podía ver en el living a través del amplio ventanal. Ayudándose de uno o dos librillos, unas veces él leía en voz alta y ella parecía replicar a lo leído, mientras que en otras ocasiones, era la mujer quien decía el texto y el hombre el que contestaba a sus palabras.
A veces, el que respondía se limitaba a recitar de forma inexpresiva, como quien expone una lección aprendida de memoria o da su orapronobis mecánicamente a una letanía. En cambio, otras enfatizaban y subrayaban con gestos sus expresiones, de forma marcadamente histriónica.
Los vecinos ya se habían acostumbrado a presenciar aquella liturgia de lectura, aunque algún transeúnte, que no estaba familiarizado con la escena, aminoraba el ritmo de sus pasos para observar a la pareja a través del vidrio.
Los chicos, siempre más descarados, se quedaban a veces plantados mirando desde la cerca del jardín. L
o que pocos de los mirones sabían es que estaban asistiendo al ensayo de dos grandes estrellas de la Comedia Nacional, teniendo el privilegio de ser espectadores de un preestreno del Teatro Solís.
Desde el inicio de los años 50, se repitió allí el ritual durante tres décadas.
En aquellos tiempos turbulentos de la vida oriental, la mirada de la protagonista femenina, a la vez lánguida y profunda, fue perdiendo brillo, a la vez que su belleza mediterránea ganaba serenidad con los años.
Y el rostro del varón fue adquiriendo una gravedad senatorial al mismo ritmo que su cabello, cada vez más escaso, se plateaba.
Eran Maruja Santullo y Enrique Guarnero, dos grandes de la escena uruguaya, unidos por el amor entre sí y al teatro desde la adolescencia.
En el living de aquella casa mondiolense, Enrique y Maruja “pasaban letra” para comprobar mutuamente que se sabían a pies juntillas el texto de la función que iban a representar sobre el escenario.
Cada vez más, lo hacían sentados juntos en el sofá del living y, desde el asiento, podían observar en la vereda de enfrente los grandes portones del estudio-taller en el que el escultor Edmundo Prati daba forma a obras como su estatua ecuestre de San Martín, los bustos de Artigas que se reparten por numerosos edificios oficiales del Uruguay o el icónico grupo de “Los últimos charrúas” que encontraría su lugar en el Prado.
Maruja Santullo también podía vigilar a su hija menor, Gabriela, jugando alegremente con la pequeña de los Prati en el jardín delantero, en la vereda o en plena calzada, pues los escasos autos que espaciadamente aparecían no suponían un grave riesgo para los juegos infantiles; el único peligro era que las niñas pudieran asustarse ante el repentino sonido del claxon.
En ocasiones, la vida de los Guarnero Santullo miraba hacia el fondo de la finca, rellenado sobre los huecos dejados por la cantera de Francisco Piria al cesar de ser explotada.
El amplio cristal que se abría al jardín trasero se rajó más de una vez debido a los movimientos de tierra de los cimientos, para desesperación de Maruja y Enrique.
Maruja había nacido en Argentina en 1922, en el seno de una estirpe de actores con la que de niña recorrió el vecino país en las giras de la compañía teatral.
La familia volvió al Uruguay cuando ella tenía 6 años.
Más o menos a los 15, conoció a quien sería su compañero y esposo: Gaspar Enrique Trabucchi Guarnero, popular como Enrique Guarnero.
Se casaron una década más tarde, en 1946. Poco después se integraron ambos a la naciente Comedia Nacional.
Aproximadamente en 1950 se mudaron a la vivienda de La Mondiola en la que ya habitaron toda su vida, Julio César 1224 entre Luis Lamas y 26 de Marzo.
Maruja vendió la casa luego de la muerte de su esposo.
El 19 de mayo de 1981, Enrique bajó del auto, al borde de la Rambla, y se puso a cambiar una rueda.
Fue entonces cuando otro vehículo lo embistió y segó su vida.
Un accidente tan trágico como estúpido. El actor, director y dramaturgo tenía 63 años.
La relación de personajes, obras, géneros, épocas y estilos, autores, directores y galardones que jalonan el exitoso recorrido artístico de Maruja y Enrique es enormemente extensa.
No sólo sobre los escenarios, sino también en películas, radionovelas y teleteatros de gran popularidad.
Los interesados pueden consultarla con detalle en numerosos sitos de Internet.
A nosotros nos enorgullece que la mayor parte de sus creaciones tomasen vida y adquiriesen forma en el corazón de La Mondiola.
Galería de imágenes

