Un 17 de abril, miércoles, en el lejano 1889, nacían en el Hotel Dos Mundos, junto a la Basílica del Rosario y San Benito, en la heroica Paysandú renaciente de sus cenizas, los gemelos Prati, Edmundo y Eriberto.
La familia residía temporalmente allí, llevados en la aventura sudamericana de su padre, el trentino Michelangelo Prati, perito agrario, ahora acompañado de una bella alemana nacida en tierras brasileñas, Carolina Mattje.
La había conocido en las colonias alemanas de Rio Grande do Sul, en Lajeado, donde su padre el sargento retirado Michael Mattje, se había establecido como uno de los primeros colonos.
La mujer cabalgó 800 kilómetros
Mujer de gran temple, había recorrido 800 kilómetros a caballo para encontrarlo allí, donde Michelangelo se encontaba trabajando como subcontratista en el trazado de las vías férreas, luego de años en esas funciones, antes en el ramal entre Uruguaiana y el Uruguay.
Su aventurosa vida se había asentado en América junto a algunos de sus hermanos mayores, unos años luego de la debacle económica y fallecimiento de su padre, el geometra trentino Domenico Prati, empresario constructor, comerciante de vinos y propietario de tierras en su Caldonazzo natal.
Gracias a la ayuda de su poderoso tío Stefano, habían podido conservar el Molino y casa familiar, donde habían quedado solo sus hermanas mujeres, Ana, Luigia e Isabella, mientras los hombres salían a probar fortuna en Austria y en América, y los pintores de la familia,
Eugenio y Giulio tentaban éxito en el poblado campo del arte italiano.
Terminado el contrato, y con buenas ganancias, a fines de 1890 retornaba con su familia a Caldonazzo, en el Trentino entonces parte del imperio austro-húngaro.
Tras nacer un tercer hijo, Alfredo, y dada la decadencia económica generalizada en su patria, volverían a Brasil, pero ahora con el dinero ganado con el ferrocarril, a explotar una pequeña hacienda cerca de Uruguaiana.
Idas y vueltas entre América e Italia
Los mellizos quedarían a cargo de las tías en el Molino, pequeño cenáculo del arte trentino desde la época de su diletante abuelo Domenico, donde se iniciaría su pasión por las artes.
Luego de formados como pintores decoradores en Trento volverían a Sudamérica en 1909 a visitar a sus padres en Brasil y a tentar suerte con su oficio en estas tierras.
El destino los llevaría a Salto, donde se iniciaría su prestigio decorando el Ateneo en 1911; ambos crearían familias allí, pero Edmundo volvería a Europa en 1920 a formarse en escultura en la Academia de Brera.
Eriberto seguiría con la empresa de pintura decorativa, como profesor de Dibujo en el prestigioso Politécnico fundado en 1873, ya liceo oficial, y en la Universidad del Trabajo, y actuando en la masonería y en política, ocupando bancas de concejal en los 30 por un sector del Partido Colorado, hasta retirarse en Montevideo a inicios de los 50, para unirse a sus hijos, los que por motivos de estudio y trabajo se habían trasladado todos a Montevideo en la década anterior.
La Mondiola, escenario de grandes encargos escultóricos
Edmundo se había instalado en la capital luego de terminado en Florencia el Artigas para Salto en 1937, y habían construido casa juntos a inicio de los 40 en Pocitos Nuevo, en la Parte Sur de “La Mondiola”, Nueva Roma, en la manzana comprendida entre 26 de marzo, Julio César, Marco Bruto e Iturriaga, entonces arenales poblados de pinos.
Edmundo también tuvo allí luego su taller, en Julio César pero en la manzana siguiente al Norte, para poder llevar a cabo los numerosos encargos oficiales que iban surgiendo, y para los que el taller de su casa iba quedando pequeño.
La historia posterior está bastante documentada, sobre todo la de Edmundo, por su enorme legado de estatuaria en el Uruguay, con el Artigas de Salto, Los Últimos Charrúas, el San Martín de Montevideo, Luis Alberto de Herrera, etc. etc, y en el mundo, donde sus Artigas y Rodó se hallan en varias ciudades de América y Europa, hasta el fallecimiento de ambos, en esas mismas casas, en el mismo año de 1970.



