Al este del barrio La Mondiola, la vía que estuvo dedicada primero a Dámaso Larrañaga y luego a Luis Alberto de Herrera marca el límite con el Buceo.

En 1985, los mondiolenses vieron con curiosidad cómo a la orilla de la barriada hermana llegaba pesada maquinaria e iniciaba enormes movimientos de tierras.

Era el comienzo de las obras del Montevideo Shopping, que modificaría profundamente la fisonomía y la vida comercial de nuestra zona y de la ciudad.

Pero hasta entonces, el predio era para todos el hospital Fermín Ferreira, y en él perduraban las ruinosas edificaciones del sanatorio de infecciosos y leprosario levantado en 1891 «en la orilla oeste del Arroyo de los Chanchos”.

La presencia del nosocomio quedó grabada en el recuerdo de varias generaciones de convecinos. Alicia Arest rememora que «los chiquilines del barrio nos vacunábamos en un dispensario del MSP que estaba en la parte delantera del enorme predio, y alejado del hospital».

La retina de Gonzalo Rodríguez Villamil guarda la imagen de “cuando el ómnibus que venía por Larrañaga tomaba 26 de Marzo y se veían a lo lejos las figuras de los leprosos caminando por los jardines; daban lástima, parecían almas en pena” y Reina Penyy precisa que “el leprosario fue uno de los últimos pabellones en trasladarse; recuerdo haber ido a vacunarme y que gracias al hospital en esa zona no había cortes de luz. ¡Cuántos recuerdos!”.

Para Alejandro Saldivia Pereira, en cambio, el lugar trae memoria de pases y goles: “yo jugaba al fútbol en el Fermín Ferreira, el shopping cambió todo el barrio”. Y a Claudia Vergara, “el hospital y la casa que había arriba del árbol por la calle Larrañaga” le sugieren otros pensamientos, vinculados a la época de “la hora de la siesta, los helados Conaprole, las copas Smak, y los chocolates Colibrí”.

El deteriorado edificio del Fermín Ferreira sirvió a veces de refugio para malhechores. En 1961, las autoridades llegaron a allanar el lugar en busca de unos atracadores. En el operativo participaron personalmente el Consejero Nacional Benito Nardone, el Ministro del Interior Nicolás Storace Arrosa y el Jefe de Policía coronel Mario Aguerrondo. Ante el asombro de tísicos y leprosos, revisaron de arriba abajo todo el predio incluidas las dependencias del hospital en funcionamiento, sin localizar a los ladrones.

Pero lo que queremos evocar aquí lleva fecha de décadas antes, de octubre de 1933, cuando el Fermín Ferreira estaba en su plenitud y alojaba a unos mil internos; y tiene por protagonista ni más ni menos que a Carlos Gardel. Permítannos contárselo con el lenguaje de la época, transcribiendo literalmente la crónica aparecida en el diario “El Pueblo” con el título “Llevó el fervor de su canto a la mansión del dolor”:

«Fue en una tarde no lejana cuando Carlos Gardel, el elegido del triunfo, se abrió cancha entre los halagos de la fortuna, desanudó el abrazo del gran público, y con sus tres guitarreros tomó en silencio el camino del Hospital Fermín Ferreira, para llevarle el fervor y la esperanza de su canto a los cautivos de la mansión del dolor. Quiso que sus violas rompieran, en un clamor armonioso, el obscuro silencio de esa casa, y que su voz, que siempre fue de los humildes y los sufrientes, flameara como una bandera de ilusión y de bravura, dentro de las frías salas donde gimen, en la larga noche de su desencanto, seres que el viento de la derrota azotó en las encrucijadas de la vida. Y allí cantó Gardel para quienes sentados a la orilla del gran camino, han afinado sus almas en la emoción resignada de la partida… Y para ellos tuvo su corazón gaucho los mejores acentos, lejos del aplauso brillante de la multitud, que no podrá valer nunca tanto como la gratitud de una doliente mirada».

Tan laudatorias expresiones se explican plenamente si les decimos que el artículo fue publicado con motivo de producirse la muerte de Gardel, en junio de 1935. «El Pueblo» incluía en la misma edición una carta firmada por dos internos del hospital, que describía con detalle el acontecimiento:

“Corría octubre de 1933. Carlitos Gardel actuaba en el Teatro 18 de Julio con un éxito clamoroso de público y de crítica. Una vez más y como siempre, se había adueñado del alma popular, haciéndola danzar al ritmo de su garganta de oro. Nosotros también quisimos escucharle. Y conocerle».

«Y de entre el millar de asilados que poblábamos entonces el Fermín Ferreira, hubo alguien a quien se le ocurrió la idea de escribirle, invitándolo a hacernos una visita… Aún conservamos la carta en la que le expresáramos nuestra solicitud de verlo y escucharlo».

«Viejo amigo nuestro, por la magia inigualable de sus canciones, aunque la inmensa mayoría de nuestros compañeros de infortunio nunca habían tenido oportunidad de verlo personalmente, sus discos propalados por todas las Difusoras de la Capital acaparaban nuestra predilección, y en más de un caso, la emotividad contagiosa de su voz cálida y varonil puso trémulos nuestros corazones al vernos retratados en más de una letra interpretada por él».

«Y Carlitos vino. Ese día desechó la invitación del Club Uruguay, y la sesión vermouth del Teatro 18 de Julio, que le representaban muchos cientos de pesos».

«Y todo lo hizo por nosotros, por aquéllos que nada poseían, ni podían pagarse el lujo de una entrada para escucharlo en el Teatro. Porque Carlitos era así: todo desinterés, todo sentimiento para quienes cargan la cruz de un dolor inmerecido. Surgido del pueblo, sabía que aquí se amparaba una parte trágica de ese mismo pueblo que veía en él, el intérprete máximo de todas sus lacerías físicas y espirituales».
«Aún nos parecer verlo con su ancha sonrisa cordial en compañía de sus guitarristas de entonces, Petorossi, Barbieri, Riverol y Vivas».

«En un alto de la escalera del pabellón de mujeres desgranó sus canciones como él solo sabía hacerlo, y así surgieron brotadas de su garganta privilegiada y con el sello personal que él sabía imprimirle a todas, ‘Lo han visto con otra’, ‘Melodía de arrabal’, ‘Silencio’, ‘Al mundo le falta un tornillo’, ‘Por el camino’, ‘Cobardía’…»

«Un auditorio respetuoso, atento y conmovido lo escuchaba en profundo silencio. Dos enfermas en nombre de sus compañeras, le obsequiaron con flores. El dijo: ‘Lo recordaré eternamente’. Un asilado estrechó su diestra en nombre de todos. Y nuestras manos, las de todos los enfermos y enfermas se rompieron aplaudiéndole frenéticamente al final de cada interpretación».

«Hoy ha muerto. Ha muerto en accidente trágico, en medio de una gira triunfal, en la lejana Colombia, y nuestro corazón se apretuja de angustia ante la fatal noticia. Y cuando vemos tanto cantor infatuado, simples aprendices o imitadores del maestro de la canción rioplatense, cuya vanidad y escasos méritos corren parejas con sus pretensiones, y cuyo corazón no es más que un simple mostrador donde tintinean los vintenes de su escasa mesada, nos acordamos de Carlitos Gardel, que en un día ya lejano de 1933 nos visitara desinteresadamente, trayéndonos la cordialidad de su sonrisa característica, su gran corazón de niño bueno, y el pájaro mágico de su garganta trinadora».

«El zorzal ha enmudecido para siempre, y el árbol que cobijara sus canciones enlutece de crespón sus ramas».

«Fermín Ferreira, junio 26 de 1935.”

Al desaparecer nuestro nosocomio, el nomenclátor hospitalario dejó de mencionar a Fermín Ferreira, primer Cirujano Mayor que tuvo en 1829 el Ejército Uruguayo. Sería en 2007 cuando se volvería a rendir homenaje al prestigioso médico, dándole su nombre de nuevo a un establecimiento sanitario, el Hospital Central de las Fuerzas Armadas.

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