Recuperando las características de lugares, los detalles de hechos y los perfiles de personas que el tiempo había desdibujado, nos encontramos con personajes de La  Mondiola como el protagonista de esta historia.

Preguntaba Gustavo Nisivoccia : «¿Alguien se acuerda de la casa casi abandonada de la esquina de 26 de marzo y Luis Alberto de  Herrera? Allá, en lo alto del terreno, había siempre un señor en una silla de ruedas muy aparatosa y antigua, mirando la gente pasar… Serían los años 70».

Abundaba sobre el personaje Andrés Grünfeld, precisando que su vehículo era «una especie de camilla con forma de bañera antigua; a mí me enternecía aunque también me daba miedo».
Y confirmaba Gonzalo Rodríguez Villamil que «no era una silla, sino una cama con ruedas de bicicleta que parecía una bañera, para peor roja», por lo cual Gonzalo califica al artefacto de «camamóvil roja», a bordo de la cual «lo instalaban en la esquina y lo dejaban ahí tomando el fresco durante horas», a lo que Gustavo Nisivoccia replicaba: «exactamente, recuerdo el color rojo del asunto (…) era una figura misteriosa, siempre en la esquina, en un sitio que era algo alto… Son esos recuerdos raros de la infancia».

La memoria de Carlos Parada conservaba los detalles para completar el retrato de aquella época y de la figura de aquel hombre, cuya imagen había quedado grabada en tantos transeúntes mondiolenses. Fue también Parada quien nos aportó el recuerdo del apodo por el que se le conocía: Chuchuña.

Resumimos su prolija descripción que, como el mismo Carlos indicaba, contribuye a dejar a Chuchuña en la historia escrita.

«Nunca -explica Carlos- supe exactamente su nombre, sí su apellido; pero todos le decían Chuchuña. Vivía en una vivienda muy modesta, por 26 de Marzo, un poquito antes de llegar a la Larrañaga, hoy Luis Alberto de Herrera.

Era la primera casa, pero estaba como a veinte metros de la esquina. Había un corredor, el cual daba ingreso a unas pocas viviendas muy modestas. Por esa época, allí también vivía una numerosa familia de gitanos».

«Chuchuña -añade Parada- era hermano de otro vecino del barrio, un profesional que tenía una muy buena posición económica. Como estamos para recordar y no para hacer cuestionamientos, me reservo el apellido del hermano de Chuchuña, que vivía a muy pocos metros de allí, en una casa muy lujosa».

Daniel Jiménez de Aréchaga sacaría luego a la luz lo que Parada callaba discretamente: «Escuché de chico que Chuchuña vivía con una hermana llamada Victoria y que el apellido era Cazes. Eran hermanos del dueño de la casa que aún se conserva en 26 de marzo y Marco Bruto.

Según parece, este hermano con mucho dinero, aprovechando la invalidez de Chuchuña, lo estafó y lo dejó en la ruina».

«Chuchuña -seguía diciéndonos Carlos Parada- no estaba en una silla de ruedas, era un pequeño camastro de madera con cuatro grandes ruedas; lo que hacía que tuviera mucha altura. Su construcción era muy casera, y a decir verdad, lo hacía aparecer como si fuera un cajón de muerto.

Eso era una de las cosas que impresionaba mucho a quienes no lo conocían.

A mucha gente, le provocaba miedo. Pero no a los pequeños y pícaros niños del barrio, que un día empujaron su camastro con ruedas por la calle hacía 26 de Marzo y Larrañaga.

Parecía como si fuese algo salido de una película tragicómica, nadie podía creerlo, quedaban asombrados al ver circular el camastro de Chuchuña entre el tránsito, que por suerte no era como el actual, porque si no hubiera terminado en desgracia».

«Chuchuña era viejo, pero no era tan viejito, parecía más viejo porque había nacido casi sin movimiento y sin habla, pero no tenía ningún tipo de retraso mental.

Dentro de sus condiciones sabía manejarse muy bien y, con algunas ayudas, hasta se ganaba la vida de una forma increíble.

No estaba allí en la calle casi todo el día para entretenerse o distraerse; ese era su puesto de ventas.

En algunos lugares del carro y debajo de sus mantas tenía muchos artículos para la venta. Lógicamente, los que le compraban eran la propia gente del barrio».

«Era muy interesante, porque él sabía perfectamente todo lo que tenía guardado, y también los precios de cada uno de los productos, y puedo asegurar que eran unos cuantos.

Como no podía hablar y casi ni moverse, uno tenía que ir haciéndole preguntas para saber dónde estaba determinado producto, y él con gesticulaciones confirmaba los lugares que uno iba nombrando hasta dar con el acertado; era algo muy rápido y fácil.

Al precio se llegaba por el mismo método, había que ir aproximándose hasta llegar al precio justo. Uno debía poner el dinero en una caja que él tenía para ese fin, y recoger el cambio si fuera necesario».

«Pegado a lo de Chuchuña vivían Nacho y Pepe Bergara. Era muy común que ellos lo metieran a su casa cuando ya era hora de hacerlo, pero también lo hacían otros vecinos. Nacho y Pepe eran primos de aquellos dos grandes jugadores surgidos en Racing».
A Chuchuña le era indispensable esa ayuda de su entorno, pues como nos señalaba Edison Stasieniuk Borowa, «en esos años las discapacidades y la parálisis cerebral, o las atendía la familia o quienes las sufrían quedarían internados en el Saint Bois».
Un tiempo muy diferente al actual. Como bien señala Parada, «¿se imaginan hoy, estar todo el día en la calle y en las condiciones de Chuchuña, sin que nadie se aproveche de eso para robarle su mercadería y su plata?».
-Ilustración de Miguel Porres