En el texto «Vecinos de Montevideo» publicado por Luis Alberto Lacalle Herrera en el diario «El País», en mayo de 205, el expresidente de la República enumera los barrios montevideanos en los que vivió, deteniéndose con un afecto especial en La Mondiola. Publicamos algunos fragmentos:
Viví mis primeros años en la Ciudad Vieja, en el apartamento de mis padres en la esquina de 1° de Mayo y la Plaza Zabala, entre sus palomas me hicieron mi primer retrato cuando mi madre me llevaba a mirar por primera vez, el mundo. Luego fui vecino del barrio Atahualpa, en la Avenida Larrañaga en la casa de Herrera, hoy museo.
Cuatro hectáreas que eran un mundo misterioso de perros, aves silvestres y de gallinero, pavos reales, pitangueros de dulces frutos y glicinas perfumadas, jardín y huerta.
Más tarde nos avecindamos en La Mondiola que hoy se refugia en el más coqueto nombre de Pocitos Nuevo.
Cuarenta años en Echevarriarza y Pereira de la Luz. Conectados al centro por el 118 y el 119, al norte por el 191 y el 183 y a Carrasco por el 104.
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Fútbol callejero a pesar de la ronda del sargento de la 10ª, que pasaba en bicicleta a eso de las cinco de la tarde.
Tiempos de Raúl Rivas, Martin Boghosian, Eduardo Pérez Olave, los Heguy, Celita Carbonel -siempre la más linda- Verónica y Gastón Pereira, las Arocena, Pico Magariños, Juan Carlos Ferreyra, Manuel Carbajal, Luisito Prato, el Boby y el Trucha Hughes, este último famoso bajo el seudónimo de Eduardo H. Galeano, las Bengochea, Robert Brydon, Mauricio Goldman, Raúl, Mario y Luis Trajtemberg y tantos más, cercanos en el afecto y lejanos en la memoria.
(…)
Ciudad querible y querida, la mía, la nuestra. Si alguna palabra la definió durante mucho tiempo, esa fue la de “vecino”.
Vecinos porque era el barrio, esa dimensión social y territorial en la que nos vinculábamos por ser justamente vecinos.
La Real Academia nos dice que lo es quien esté “cercano, próximo o inmediato en cualquier línea”, dejando en claro lo que desde el primer tiempo en que el hombre vivió en sociedad, era lo importante: la cercanía necesaria para combatir la soledad, para alejar el temor, para fomentar el afecto y la noción de comunidad.
