Es llamativo que en un barrio que ha parido insignes escritores, destacados deportistas, políticos de una y otra orientación, músicos de éxito, ovacionados actores o cotizados artistas plásticos, una de las personas más recordadas del pasado siglo sea un modesto vendedor de leche. Sorpresas que nos dan el paso del tiempo y la selectividad de la memoria.
Son numerosos los que frecuentemente traen a Pepe El Lechero a los comentarios de esta página y lo mencionan con gran afecto. Quizás ni conocen su apellido, dudan respecto a dónde tenía exactamente su casa y lugar de labor, y menos aún saben desde dónde llegó acá, pero tienen claramente dibujada en la mente su imagen sobre el pescante, su rostro
surcado por la edad y el aire libre, protegido del sol y de la lluvia por el alero del carro, sobre el cual se veían los casilleros metálicos con las botellas de vidrio; llenas del blanco alimento al principio de la jornada, vacías al regresar tras su ronda, ya cansado del largo itinerario de cargas y descargas.
Por eso son muchos los que afirman lo mismo que Omar Garcia Pereira: “me acuerdo de Pepe El Lechero como si fuese hoy”. En los archivos de nuestra memoria permanece su estampa, cada vez más castigada por el tIempo y el trabajo. “Pasaba con su carro tirado por su caballo, viejito Pepe, siempre viejito, la espalda doblada por los años”, relata uno de nuestros amigos. “Su cara curtida parecía que tenía un siglo”, describe Mercedes Cancelada Graña. “Creo que el caballo blanco era tan viejo como él”, evoca Nestor Crespo.
“Murió repartiendo leche como con 90 años”, asegura Gladys Barceló.
La fotografía, documento que agradecemos a Marta Galante, lo muestra remontando una de las pocas calles del barrio que ya estaban asfaltadas; lo entrevemos en penumbra, acompañado por un joven ayudante; seguramente ocupada la mente en llevar cuenta de botellas repartidas y por repartir, cobros y vueltos.
El campanilleo de las botellas entrechocando en los casilleros y el taconeo de las herraduras sobre el piso componían la orquesta que anunciaba desde la distancia su llegada. Pepe El Lechero despertaba a su paso la atención de la gurisada, era un vecino y también un amigo para los pequeños. Maria Ferrer Olaso nos narra que “Pepe me subía al carro luego de dejar la leche en nuestra casa, Buxareo y Plácido Ellauri, y me llevaba hasta Luis Lamas. Me bajaba y me iba corriendo a mi casa. Me sentía una reina arriba de aquel carro”. Y Leonardo Suescun recuerda que «él me enseñó cómo se le da de comer a los caballos con la palma de la mano; él el le daba zanahorias a su caballo».
Los críos observaban atentos las evoluciones del animal y su amo. Graciela Malharin nos cuenta que “el carro, tirado por su amigo el caballo blanco, recorría La Gaceta, y el caballo seguía solo cuando Pepe se bajaba a entregar la leche, qué recuerdos hermosos”. Gabriela Sisternes ratifica aquella imagen, que es descrita aun con más detalles por Carlos Parada: “Se bajaba del carro en marcha, para ir a la parte de atrás a buscar las botellas de leche que debía cargar en los pesados casilleros de metal, para entregárselas a sus clientes. Y el caballo, solito, seguía su recorrido sin que nadie lo dirigiera, y se paraba exactamemte en el lugar donde debía pararse a esperar, hasta que Pepe regresara de la entrega”.
Pepe, José Pérez Martínez en la cédula, nació en 1913 y vino con su familia huyendo de una Europa azotada por la contienda mundial y una España que se enfrentaba a la escasez y a los conflictos sociales que más tarde desembocarían en la sangrienta guerra civil. Desde su aldea de Muras, al norte de la provincia gallega de Lugo, llegó primero el padre y luego, con sólo seis años, el pequeño Pepe y su madre, Juana, emprendieron un interminable viaje en transatlántico desde el puerto de Vigo.
En el Montevideo de sus esperanzas, los padres de José decidieron vivir en la ladera todavía poco poblada que, dejando al oeste al arroyo de los Pocitos y las casas de veraneo, se derramaba en humildes viviendas desde las canteras hacia los arenales y el mar.
“Desde que vino de España –nos dice su hija, Lilian Graciela Perez Olivera– se instaló en Plácido Ellauri y Pereyra de la Luz. Era un niño cuando llegó, y murió a seis cuadras de ahí.
Su vida transcurrió en el barrio, repartiendo leche con su padre cuando ésta todavia no era pasteurizada por Conaprole. Vio al barrio con grandes canteras y calles de tierra, lo acompañó durante todo su desarrollo”. Leemos la referencia a la residencia de José Pérez en Plácido Ellauri 3385, esquina Pereyra de la Luz, en el censo de habitantes de 1941, cuando entre Julio César y Marco Bruto aún ni existía siquiera cuadra, sino sólo cantera. El documento es una aportación de Aldo Mazzoni Rivas.
¿Qué más sabemos de José Pérez? Sobre su personalidad y aficiones, Lilian se sincera al decirnos que “era medio bruto” y que “jugaba bien al truco y al fútbol, su pasión”. Carlos Parada se adentra en terreno ‘non sancto’ para descubrirnos que “Pepe, a pesar de no parecerlo, era muy picaflor; solía visitar a una vecina del barrio cuando su esposo no estaba. En esos casos, concurría sin el carro y sin el caballo… aunque dentro del horario de trabajo. No el de Pepe, sino dentro del horario de trabajo del esposo de la señora».
«Por suerte -sigue Carlos- el esposo nunca dejó su trabajo antes de horario. Y no digo más, porque si no la cosa puede parecer chusmerío barato, y lo peor es que ese matrimonio ya no se encuentra entre nosotros, y muy especialmente porque su hijo, que también falleció, y muy joven, fue un gran amigo mío. Creo que él nunca lo supo, pero lo sabía todo el barrio”.
Sea o no plenamente cierto, lo que parece demostrado es que Pepe era coqueto. “Encorvado toda la semana –recuerda Daniel Rivas– llegaba el fin de semana y se arreglaba y salía derechito, así lo recuerdo en mi niñez”. Y es que un buen mondiolero ha de seguir el ejemplo de Garufa: “durante la semana, meta laburo, y el sábado a la noche sos un doctor”.
Y también era solidario. Pancho Hervada (Glorias de España ) rememora que «cuando había escasez de leche y en una familia había niños, él mismo abría una botella y dejaba medio litro para que no le faltara a los chiquilines una taza aunque sólo fuera. En Laguna y Julio César vivíamos mi mujer, cuatro hijos y yo. Un edificio de seis apartamentos, por entonces, de 1967 a 1981, con muchos niños, y Pepe no faltaba por complejo que fuera el conflicto en Conaprole. Gracias Pepe».
Pepe tuvo más de un caballo, el último fue blanco. El más recordado, coinciden varios amigos de Vivir La Mondiola, se llamó Bolita. El trato que el lechero daba al cuadrúpedo no siempre era delicado, y eso a veces no lo comprendía la muchachada. Alberto Perez Iriarte nos revela que en una ocasión los botijas del barrio llegaron a tirarle piedras porque “le pegó muchos latigazos al caballo en la subida de Buxareo” y consideraron que “era un bruto maltratador de su caballo cuando no lo obedecia”; Alberto nos afirma que aún siente muy viva aquella indignación infantil.
Una vez que a Pepe se le murió un caballo, corrió la especie de que el propio dueño había matado al equino de un disparo. Brenda Rodríguez Beaulieu es tajante al negarlo: «¡Mentira que Pepe mató el caballo con un tiro! Al caballo lo mató un vehículo que se llevó al carro por delante.
Tanto es así que en La Cueva, carnicería de Duilio, le hicimos una colecta para comprar otro. No se llegó con la plata y Pepe seguía repartiendo leche en una chata en la que el animal que la arrastraba era él mismo, cada vez más encorvadito”. La anécdota dio lugar a un relato que Brenda presentó a un certamen literario. En la misma línea, Daniel Rivas argumenta que “Pepe sería incapaz de matar al caballo.
Yo recuerdo verlo pasar toda una mañana intentando levantarlo, porque se le sentó apenas salió de casa. Lo animaba a ponerse en pie, le daba comida… aunque también alguna patada cuando le colmaba la paciencia”.
“Me encanta que se acuerden de mi viejo”, confiesa Lilian. Quizás la clave de ese recuerdo sea que trasciende lo personal para encarnar la época en que se formó La Mondiola, y trasladarnos a un tiempo muy diferente en que los niños correteaban por las calles, los abuelos paseaban al sol y la confianza reinaba en el barrio “Recuerdo a mi madre dejando las botellas vacías y el dinero debajo, en el escalón de casa, cuando se podían dejar cosas afuera y nadie tocaba nada”, añora Cecilia Burla.
La presencia cotidiana de Pepe El Lechero caló hasta tal punto en toda una generación, que su memoria ha pasado por encima de muchos que fueron bendecidos por los aplausos del escenario, los reconocimientos de la academia, los laureles del podio o los resultados de las urnas. Y es que como sentencia Pancho Varela, «Pepe fue único», y como remacha Sandra Graña Montesano , “fue una institución”.