El gallego Méndez, dueño del Terremoto, en la esquina de Plácido Ellauri y Osorio, departía tranquilamente con unos parroquianos del local. Mientras ellos estaban distraídos entre trago y conversación, a unos muchachos del barrio se les ocurrió que podrían afanarle alguno de los artículos del almacén: «¿Te atrevés o no te atrevés?», se retaban.
El más osado decidió intentarlo y sigilosamente se acercó hasta un estante en que se apilaban alpargatas. Un, dos, tres, echó mano a un par y tiró de él… El escandaloso ruido despertó de golpe a un cliente que sesteaba. e hizo girar inmediatamente la vista del dueño y su tertulia hacia aquel atolondrado gurí que quería recibirse de guapo. No imaginaba él que Méndez, precavido, tenía todas las piezas con las cintas atadas entre sí, y que al agarrar un par arrastraría todos los demás junto con los productos de la estantería.
El chico quedó paralizado. Primero, por la sorpresa y luego por el pánico, al ver cómo avanzaba el gallego Méndez llevando en la mano un cuchillo de considerable dimensión que chirriaba terroríficamente al afilarse contra una chaira. lncapaz de hacer ningún movimiento, ni siquiera un gesto, invadido por un temblor nervioso que le iba y venía de los pies al cabello, se encontró de repente con que Méndez ya estaba a la distancia del brazo.
El gallego lo miró de arriba abajo, se detuvo especialmente en los pies del adolescente, embutidos en unos zapatos castigados por días de escuela, otros tantos de hacerse la rabona y muchos partidos de fútbol callejero. Y habló Méndez a la vez que le tendía el mango del cuchillo al aprendiz de ladrón: «Cortá un par y llevátelo, pero antes de irte ordená todo lo que tiraste».
Sirva este cuento de principios de principios de los años 50 que, poco más o menos así, nos relató un buen amigo del barrio, para reflejar el espíritu vecinal de una época y recordar a todos los gallegos que construyeron el barrio.
Entre tantos otros, a Méndez; a Andrés el dueño del Amarest, que por aquel tiempo salía a tocar la gaita en la calle por Navidad y Año Nuevo; a Pardiñas, amo del Bar Independiente que fue otro de los «clubes sociales» de la barriada; al inolvidable Pepe el Lechero; y a todos los vecinos de origen galaico que hoy en día siguen formando parte nuclear de La Mondiola.