Atardecía cuando el grupo de jinetes llegó a la posta. La presencia del establecimiento anunciaba a los viajeros que ya estaban cerca de la ciudad amurallada, apenas a dos leguas. El mesón se situaba al borde de un hilo de agua, que a unas dos cuadras regalaba al Río de La Plata su exiguo caudal. Allí se detuvieron los hombres a reponer fuerzas y abrevar sus caballerías. Una vez dentro, entablaron conversación con otros transeúntes, venidos en diligencia, acerca del interminable asedio que estaba sufriendo Montevideo, y que se prolongaba ya por más de ocho años. Era la primavera de 1851.
El mesonero tenía a disposición de los visitantes y de los escasos vecinos de la zona un surtido de víveres poco variado, y un fuerte vino tinto traído desde Canelones. Al fondo, mesas en torno a un pozo de agua fresca, en las que algunos comían y bebían, y otros jugaban a los naipes. En los anaqueles se ofrecían a la vista herramientas y otros útiles precisos para la vida diaria. El local también era fonda para los que requerían pasar la noche.
Se dice que desde el siglo XVIII existió una posta y pulpería en ese punto de la ruta entre la Ciudadela y el puertito. Y se podría afirmar que el local siguió dedicado a los mismos fines hasta bien avanzado el siglo XX. Sólo que en la época contemporánea las vías estaban asfaltadas y tenían nuevas denominaciones: al camino real que primero no había merecido nombre alguno, y luego fue Calle del Puente, la habían rebautizado 26 de Marzo; la que corría hacia la costa estaba rotulada ahora como Félix Buxareo. Y el establecimiento se llamaba Las 2 B, el boliche más emblemático del barrio La Mondiola.
Mario Imperial, hijo del penúltimo dueño del local, nos hizo llegar la foto que muestra el modesto frente del establecimiento, sobre la calle Buxareo, y que nos hemos permitido retocar para reparar en lo posible los daños inevitables del tiempo. A raíz de la publicación de la foto, los amigos de esta página fueron añadiendo datos que hemos considerado útil resumir en esta nota. En la imagen aparecen, de izquierda a derecha, Julio Imperiall, su padre Don Julio, Mario Imperial y Miguel Imperial.
A menudo, de un medio tanque instalado en la vereda brotaba un humeante olor a chorizos. De ellos se encargaba un empleado apodado el Morrón, por la forma de su prominente nariz, que se repartía entre el asado callejero y la parrilla del interior.
A semejanza de la antigua posta, al bar se unían un almacén y alojamientos. Éstos, un conjunto de cuartos antiguos a modo de conventillo, tenían entrada por Buxareo. Al almacén, perteneciente a la familia Defazio, se entraba por 26 de Marzo. El pozo centenario, que había sido cegado, reapareció cuando se procedió a la demolición para construir el edificio de apartamentos que ocupa actualmente la histórica esquina.
El nombre del bar responde a las iniciales de los apellidos de unos dueños anteriores, llamados Berdes y Buonora. ¿O quizás eran Verdes y Buonora y decidieron prescindir de la ortografía a la hora de denominar su negocio? El caso es que tal designación hizo fortuna y los diferentes propietarios la mantuvieron en los sucesivos cambios de firma.
Con la tarde, llegaba el momento de la timba. Varios vecinos, que eran gurises entonces, recuerdan bien como los veteranos jugadores se irritaban al verlos plantarse tras ellos para observar la partida de conga por plata. Algunos tenían mal perder, como Moyano, el acomodador del cine Arizona, que la emprendía a patadas con su Lambretta cuando la suerte le era esquiva.
Las partidas se enlazaban hasta la noche, y era entonces cuando los gurises llegaban trayendo el reclamo de las mujeres desatendidas. “¡Tantas veces fuimos a buscar a mi padre a Las 2 B!», nos cuenta Rosario Fernandez Frustacci, y Rogelio Lionel King reproduce la tan repetida frase: “¡Papá, vamos que mamá te llama!” y nos señala que en esa época los bares eran los clubes de los hombres.
En ocasiones, el boliche era escenario de otras apuestas. Al menos, eso nos relata Edison Stasieniuk Borowa, quien escuchó de chico la historia de que dos parroquianos de Las 2 B se la jugaron “a quién tomaba una botella de caña o grappa sin parar; hubo uno que lo hizo, pero que cayó en coma y falleció”.
Entre los acontecimientos que rodearon a Las 2 B hubo un accidente muy sonado, que presenció y recuerda con nitidez Alicia Defazio, nieta de los que fueran dueños del almacén de ramos generales: “la calle era entonces doble vía, y vi el choque desde la ventana de mi cuarto, eran un ómnibus y un camión; el ómnibus quedó adentro del bar, por suerte nadie quedó lastimado, jamás lo olvidaré”.
En Las 2 B hacían parada notables intelectuales y artistas de ambas orillas del Río de la Plata, mezclándose sin distingos con los habituales vecinos del barrio. En esta misma web, nuestros lectores pueden encontrar una nota dedicada a uno de ellos, Alfredo Dante Gravina. Pero fueron tantos, que eludiremos hacer una relación, para evitar el riesgo de olvidar a más de los que mencionemos.
Fotos:
1. Diligencia de la época en que el lugar era posta
2. Frente de Las 2 B

3. Sentados en el fondo del boliche, Julio Imperial y su esposa Lilian Araujo.