Esta página se aproxima, a través de la ventana del recuerdo, a numerosos personajes del barrio.

Uno de los más singulares fue El «Ángel Loco» que evoca Néstor Crespo:
Lo conocí cuando era un niño. Lo veía venir arrastrando un carrito de barrendero y un escobillón, vestido de ropas municipales que algún conocido le había regalado.

Barría la calle e iba juntando lentamente la basura que quedaba, los coquitos de los paraísos y las pelusitas de los plátanos que se arremolinaban formando montañas en la primavera, metiéndose debajo de las puertas y dentro de los ojos de los vecinos.
A veces se sentaba en el cordón de la vereda, mirando extraviadamente a su alrededor.

Todos los niños del barrio le temíamos, y los mayores nos asustaban con él cuando hacíamos alguna travesura. Se llamaba Angelito y vivía allá abajo por Veintiséis de Marzo y Lorenzo Pérez, más allá de la cantera que había en Buxareo.

No pasaba semana sin que apareciera, y todos nos metíamos en nuestras casas.

Alguno de los más grandes le gritaba “¡Angelito loco!” desde la otra esquina, diversión cruel que no hacía otra cosa que enfurecer al loco manso, que amenazaba con aquel escobillón a todo el que se le acercara.

A veces no venía por un tiempo. Se decía que lo llevaban al Vilardebó. Pero siempre volvía por el barrio, manso y con sus herramientas de barrendero, sumergido en aquella cruzada contra la basura.

Pasaron los años y el loco Angelito, ya integrado definitivamente al barrio, con el mismo uniforme municipal desgastado y la cabeza más blanca, seguía pasando de vez en cuando, aunque cada vez menos, hasta que siendo casi hombre me di cuenta que ya hacía mucho tiempo no lo veía.
Siempre vuelvo a La Mondiola, donde aún viven mis hijas y flota en el aire de la playa el recuerdo de mis muertos queridos.

Y lo veo caminando con su carrito y su uniforme azul por la calle que no ha cambiado nada.

Sólo el paso continuo de los autos nos dice que ha transcurrido más de medio siglo.

Ya no hay partidos de fútbol en la calle ni siestas obligadas.

Los niños ya no crecen junto a sus abuelos y los miedos son otros, y se meten en las casas por la ventana de la televisión, porque ya no se duerme con la puerta abierta, y el loco Angelito, loco manso, loco bravo, Quijote barrendero del barrio La Mondiola sólo existe en la memoria de los que somos demasiado grandes y guardamos los tesoros de la infancia en un rincón del corazón.