El poeta Rainer Maria Rilke repartió su intensa vida entre lo que hoy son República Checa, Austria, Alemania, Suiza y Francia, además de recorrer como visitante otros tantos países del cambiante mapa político europeo de principios del siglo XX. Quizás fruto de esas experiencias, dejó escrito que “la verdadera patria del hombre es la infancia”.

La infancia es época que marca carácter, en la que nacen profundas vocaciones, se asientan costumbres y se afirman códigos, a los que se guarda más fidelidad que a cualquier himno o bandera nacional. El siguiente relato -fragmentos del libro “Cuerpo y alma: Las dos vidas de Eduardo Mateo”, de Carlos Tapia- nos traslada a esa patria infantil del gran músico y compositor, que tuvo su territorio en las calles de La Mondiola.

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¡Le pegaron, abuela, le pegaron!

“¡A qué no me pegas! ¡A qué no me pegas!”, repetía y repetía Carlos. Y Eduardo ni lo dudó. Apuntó y se la puso donde quiso. Miró, calculó, abanicó el brazo para ganar impulso y lanzó. La piedra imparable rompió el viento hasta impactar en el blanco. Primero festejó. Después se arrepintió. Esa tarde de verano, en ese baldío que después se convirtió en el primer shopping de Montevideo, Eduardo Mateo tartamudeó como nunca.

-¿Está-tá-tá-tá-tás bi-bienn?

Preguntó y corrió hasta donde estaba su hermano, agachado, agarrándose el ojo, pegando unos grititos de dolor y aguantando el llanto. Porque si los hombres no lloran, los niños, cuando todos sus amigos están alrededor, mucho menos.

Cruzaron la vereda. Se metieron corriendo en la casa para mostrar lo que había pasado. Carlos sólo pensaba en el dolor que tenía; Eduardo, no: él se rompía la cabeza para encontrar una excusa, una coartada, algo que justificara lo sucedido. Apenas atravesaron la puerta, vieron a la abuela Yolanda que se agarraba la cabeza, que no le salían las palabras. Eduardo, ni lento ni perezoso, habló antes que nadie:

-¡Le pe-pe-pegaron, abuela; le pe-pegaron!

Carlos no lo negó. Entre ellos había códigos. Si en la calle había pelea de dos, tres, cuatro o más contra uno, el otro sin dudarlo se metía, aunque su hermano no tuviera la razón y aunque supiera que se iba a ir con una paliza encima. Al revés también, cuando era mano a mano la cosa, y uno de ellos iba perdiendo, para darle como en bolsa al que había osado meterse con su hermano. Más adelante, cuando su hermana Teresa empezó a bordear la adolescencia, también era dos contra el que fuera si se trataba de defenderla.

La abuela, que era enfermera y trabajaba en el hospital de enfrente, el viejo Fermín Ferreira, de leprosos y tuberculosos, tomó de la heladera un churrasco y se lo puso a Carlos en el ojo. Les dijo a los dos que se quedaran sentados y quietos, que ya basta de travesuras. Y cuando llegó Silvia, la madre de los niños, corrió a recibirla para contarle las malas nuevas antes de que le viera el ojo que, pese al churrasco, ya había tomado un color morado casi negro.

-¡Ay, lo que le pasó a tu hijo!

-¿Qué le pasó, qué le pasó?

Eduardo, otra vez, antes de que su hermano abriera de más la boca, volvió a gritar:

-¡Le pe-pe-pegaron, mamá; le pe-pegaron!

La piedra lo marcó a Carlos de por vida. Hasta hoy conserva una catarata en el ojo derecho.

“Estas cosas pasaban. Y nosotros nos cubríamos, era así. En ese entonces nos cubríamos… Igual, muchos años más tarde, mamá supo que la piedra la había tirado él”, confiesa Carlos.

Era el Uruguay de 1950, el de los campeones del mundo. Todo el país estaba en plena efervescencia futbolera, pero a quienes más afectaba eran los niños, que soñaban con tener la derecha asesina de Alcides Ghiggia, silenciar a todo un estadio de Maracaná y coronarse campeones del mundo contra todos los pronósticos. O poseer la templanza y el liderazgo de Julio Varela. No era pavada: para lograrlo se preparaban.

En el barrio era de mañana fútbol, de tarde fútbol y de noche, hasta que los padres metieran a los gritos a todo el mundo para adentro, fútbol también. Fútbol en los patios de los recreos, pero sobre todo en las plazas y más que nada en los baldíos. Fútbol con lo que hubiera para patear que casi siempre eran pelotas de trapo: una tela arriba de la otra y arriba de la otra y arriba de la otra.

En las inmediaciones de donde vivían los Mateo había tres grandes baldíos: uno a metros de su casa por la misma acera, La Subidita; otro sin nombre en la vereda de enfrente, al lado del Fermín Ferreira; y uno un poco más lejos, La Mondiola. Tres canchas y decenas de niños para los cuales patear una pelota era casi su única diversión.

“Se iba a la cancha y si uno llegaba primero la usaba tranquilo, pero si antes llegaba otro tampoco te ibas a quedar en el molde, había que disputarla; a ir a la guerra: piedra, palo y piña”, cuenta Carlos.

(…)

Zurdo o Tartamudo

Para Eduardo era importante jugar bien al fútbol. Porque si lograba que todos le empezaran a decir El Zurdo se iba a poder sacar de encima otro apodo que lo enojaba más que nada en el mundo. Odiaba que le dijeran Tartamudo. Entraba en cólera. Más de una vez correteó a algún amigo, lo alcanzó y lo golpeó enfurecido por atreverse a pronunciar el nombrete. Pero cuando era más lento que el que lo estaba molestando, la furia se extendía por mucho rato porque cuanto peor era la rabieta, más gozaba el otro diciéndole Tartamudo. Y Cuanto más le decía Tartamudo, más impotencia sentía Eduardo, más nervioso se ponía y más tartamudeaba.

Su tartamudeo era producto de una fatalidad. Al menos ese fue el diagnóstico de su pediatra. Cuando empezó a hablar, la madre detectó que tartamudeaba y lo llevó al médico. Este comenzó a rastrear en su infancia más temprana hasta que llegó a la conclusión de que de que el problema había sido ocasionado por un golpe. Cuando era bebé, Eduardo cayó de los brazos de su madre y, según el especialista, esto fue lo que lo convirtió en tartamudo.

Pero Eduardo tenía rachas. Ya de grande había veces que tartamudeaba insoportablemente y otras que ni se le notaba. Cuando conversaba con su círculo más íntimo no tenía problema, pero cuando el interlocutor era desconocido y la conversación lo ponía incómodo, ahí se trababa palabra tras palabra. Para disimularlo, a veces imitaba al actor mexicano Mario Moreno “Cantinflas”, y lo hacía bien, recuerda su primera novia, su gran amor Nancy Charquero.

Muchos años pasarían para que Eduardo se pudiera reír de su tartamudeo. Quizá esto haya sucedido recién entrada la década de 1980, cuando compuso el tema El Tartamudo para cantar en el dúo que conformó con Fernando Cabrera.

(…)

Eduardo se hizo de su primer instrumento de cuerda cuando era muy chico. Su mamá detectó el incipiente talento y le llevó de regalo un cavaquinho. Era usado, desgastado, pero para él brillaba como el oro. De un momento para el otro se convirtió en su objeto más preciado. Desde ese entonces el fútbol dejó de ser todo para Eduardo. No había plata para pagar un profesor, así que tuvo que aprender solo. Se pasaba horas sentado al lado de la radio tratando de reproducir los sonidos que salían del parlante. En las vacaciones de verano se quedaba desde la mañana hasta la noche internado en la terraza tocando, tocando y tocando. Valió la pena.

Con la barra de la esquina

La época de compinches les duró poco a Eduardo y Carlos. Cuando el primero cumplió 14, el segundo apenas tenía 12. A esa edad la diferencia se hace sentir. Dos años son muchos cuando significan el puente entre la niñez y la adolescencia. Para Carlos patear una pelota seguía siendo lo más importante del mundo. Mientras, al futuro músico la pubertad le llenaba la cara de granos, las muchachas empezaban a desvelarlo y sentían la necesidad de tener nuevos amigos.

“En ese momento nos separamos y fue para siempre”, advierte hoy Carlos, y lo hace sin melancolía, sin pena ni arrepentimiento.

Este cambio coincide también con la mudanza de la familia, que pasaría a ocupar la mítica casa de la calle Marco Bruto, esquina José Pedro Varela (hoy llamada Demóstenes), mítica porque allí compondría cientos de canciones Eduardo y decenas la dupla Eduardo Mateo – Rubén “Negro” Rada.

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Texto: Fragmentos del primer capítulo de “Cuerpo y alma: Las dos vidas de Eduardo Mateo”, Carlos Tapia, Ediciones B.

Foto: Centro de Fotografía de Montevideo, archivo de Teresa Mateo.