De «Breve Historia del Barrio La Mondiola», de José Julioi Garategui Silvera
Las tardecitas del mes de diciembre se deslizaban perezosas y cálidas por las pendientes del barrio buscando las orillas del mar. Con la caída del sol, las doñas comenzaban a chancletear puerta afuera y el despertar de la siesta ponía a los gurises de alpargatas y, el que no, de pie descalzo sobre el cemento, el empedrado o la tierra reseca que conservaba el calor del tórrido verano.
Esquivando la bosta del caballo de Pepe el lechero, el picado de la tarde se prolongaba hasta que por detrás del monte de eucaliptos, más allá del Fermín Ferreira, la luna llena, hermosa y luminosa como la gordita cara de Antonia, manipulando luces y sombras todo lo confundía, haciendo de la guinda una figura fantasmagórica imposible de dominar. El que hacía el último gol ganaba sin importar los goles anteriores. Eso ponía punto final al partido.
Las vacas gordas se desnutrían
La década del 40 se aproximaba a su fin. Peñarol no tenía rival con su máquina del 49. Maracaná estaba a la vuelta de la esquina. Don Tomás Berreta se encaminaba a la historia. Luis Batlle Berres, su sucesor, habrá de gobernar un país en roces conflictivos con Argentina, y las vacas gordas comenzaban a caminar lento hacia la desnutrición.
Piria seguía rematando solares en el barrio a pocos pesos el metro, en su ya agotada cantera de piedra cuyo perímetro abarcaba las calles Pereyra de la Luz, 26 de Marzo, Marco Bruto y Laguna. En remate se puso también el predio de la cantera de Buxareo en Luis Lamas, La Gaceta, casi llegando a Muñoz.
Entonces, Alfredo «el negro» Soria organizaba lo mejor de la cultura y la alegría para los chiquilines en torno a los tablados del barrio, que ni por asomo imaginaba un destino de zona residencial de gran categoría y, con ello, la paulatina pérdida de su identidad y nombre original. Todo promovido por una agencia que instauró el nombre Pocitos Nuevo a cambio de presumible mejor cotización en el mercado inmobiliario. Su futuro como hábitat de familias pudientes se percibía en la lectura de las cartas que barajaban los especuladores, que conocían los efectos y las artimañas del marketing.
Al comienzo del repecho de Osorio, cruzando 26 de marzo, donde los curdas el fin de semana tomaban impulso para llegar a la parada del tranvía en la calle Rivera, vivía una vecina que por malas artes del destino fue millonaria por 48 horas.
-Brindis millonario
¡La Chola saco la grande! Fue el grito mezcla de estupor y emoción que se desparramó a los cuatro vientos desde el corazón de la Mondiola.
Tristezas o alegrías siempre fueron aconteceres comunitarios para la vecindad, por lo tanto aquel anochecer de las últimas horas de un día de diciembre, encontró a los vecinos en pleno festejo compartiendo la felicidad, y adelantándose al resto de la ciudad en aquello de brindar por un año nuevo y vaya que mejor.
Con más popularidad que el Loro Collazo en los carnavales o Tatita Silva como ídolo de Peñarol en el 30, la Chola repartía besos y abrazos. A cuenta del premio de un millón de pesos corrían mares de cerveza y buen vino que Don Antonio, el almacenero, complacido fiaba sabiendo del respaldo, solvencia, y garantía que ofrecía un entero de lotería agraciado con el premio mayor.
Esa noche, la calle fue una pista de baile y el amanecer encontró burbujas de felicidad flotando en el aire detenido de un sueño. Pero… en la comedia humana también cabe la tragedia: 48 horas después la Honorable Administración de Loterías advierte y comunica su error y horror.
La cifra favorecida no coincidía con el entero que se había dado por ganador en posesión de la supuesta afortunada vecina. Borrar y empezar de nuevo. La nueva realidad mostraba que el numero cierto del premio mayor terminaba en seis y no en cero como el niño cantor de turno lo había propagado hasta los confines del territorio nacional. La bolilla mal visualizada estaba sucia, esto indujo a un error en la lectura.
-Colecta solidaria
Se pidieron las disculpas del caso y nada más cierto que aquello de que la alegría va por barrios: en otro rincón del país la gente saliendo del asombro se confundía en cánticos y abrazos en contraposición con el estupor y las lágrimas que inundaban el rostro de quien horas antes lucía una sonrisa de oreja a oreja.
La colecta no se hizo esperar y antes que se disiparan en su totalidad los vapores de la efímera euforia, todo el vecindario había contribuido para solventar los gastos producidos por él inolvidable festejo que ocasionó el tener una vecina millonaria en La Mondiola, que en realidad no era poca cosa.
Don Antonio el almacenero superó La taquicardia, volvió en sí. Suponemos que el psicólogo al día de hoy sigue tratando de recomponer el equilibrio emocional de La Chola. La colecta no alcanzó para pagar el terapeuta y la deuda la sufrió como una gruesa bufanda atenazándole su cuello en pleno mes de enero.
