Cuentan los más veteranos que en aquellos años en que se levantaba un tablado casi en cada cuadra de nuestro barrio, allá por la primera mitad del siglo XX, La Mondiola vivía en Carnaval una auténtica explosión festiva.
Aquella floración carnavalera era fruto de iniciativas vecinales y, entre ellas, la cosecha de lo sembrado por uno muy querido y recordado: Alfredo “El Negro” Soria, que impulsó como pocos la cultura barrial.
En ese tiempo había también un personaje que se asomaba por casi todos los barrios y no necesitaba escenario para hacerse notar. Bastaba que apareciera doblando una esquina para que las risas empezaran a brotar entre el público. Le llamaban Menecucho.
Estaba ya entrado en años, nadie sabría decir cuántos, enfundado en una ropa imposible, hecha de retazos, colores gastados y remiendos que parecían contar historias propias. Caminaba despacio, pero con determinación; hablaba fuerte, recitaba más fuerte aún, y siempre llevaba consigo volantes impresos: versos carnavaleros cargados de humor, ironía y picardía, que mandaba hacer a coste muy conveniente en una imprenta de Palermo. Los repartía sin precio fijo:
«A la voluntad», anunciaba.
Pero si la colecta era exigua no tenía reparos en reprochar:
«¡Menuda voluntad de mierda!», acompañando siempre la palabra malsonante con una enorme sonrisa.
Con los vecinos bromeaba, provocaba, se dejaba querer. No se burlaba de nadie: se burlaba de la sociedad junto con todos.
Hay quien afirma que en su cédula figuraba el nombre Domingo Betucci. Pero nadie sabía su origen, si tenía familia, dónde vivía —aunque una versión extendida lo ubica en nuestro barrio— ni de qué se ganaba la vida cuando febrero quedaba atrás. Nadie sabe en qué ropero colgaba su traje multicolor cuando, terminado el Carnaval, volvía a ser un ciudadano anónimo más entre los miles de montevideanos.
Lo que sí consta, y de eso no hay dudas, es su descaro y su humor. Y también su generosidad, que lo vincula con una institución sanitaria que perdura en nuestra memoria barrial: el Hospital Fermín Ferreira, para tuberculosos e infecciosos, situado a orillas de La Mondiola, en el predio que hoy ocupa el Montevideo Shopping.
Allí, la disciplina médica chocó alguna vez con el espíritu festivo de quienes estaban internados y, cuando se intentó suprimir el Carnaval, los enfermos bacilares decretaron una huelga y protagonizaron una manifestación inédita por las calles del barrio para reclamar su derecho a cantar, reír y festejar. Y lo consiguieron.
En ese contexto se consolidó un tablado estable en los pabellones del Fermín Ferreira. Y allí actuaba sin falta Menecucho, recitando versos para pacientes y enfermeros, llevando humor a donde la vida transcurría entre el dolor.
Con ese mismo ánimo solidario se produjo allí otro episodio memorable, cuando Carlos Gardel ofreció en 1933 un recital benéfico para los enfermos, en vísperas de despedirse de Montevideo para no volver a cantar en nuestra capital.
Si nadie supo decirnos cuándo exactamente comenzó Menecucho a ganarse su protagonismo y la simpatía de los amantes del Carnaval montevideano, tampoco nadie puede dar fe de en qué febrero dejó de estar. Simplemente un año no apareció. Y así, sin despedidas ni anuncios, se fue desvaneciendo entre las brumas de la memoria carnavalera de La Mondiola y de Montevideo.
Pero hay nombres, gestos y risas que jamás desaparecen del todo. Quedan flotando en la historia del barrio, esperando que alguien vuelva a contarlos.
(Imagen creada por Inteligencia Artificial a partir de las descripciones que se conservan de Menecucho).