El 19 de febrero de 1917, mientras se encendían las primeras llamaradas de la Revolución Rusa, moría a orillas de nuestro barrio, en el hospital de infecciosos Fermín Ferreira, un hombre que aún no había cumplido los 28 años pero dejaba atrás una existencia azarosa e intensa. De linajuda familia, vivió bohemio, errante por Europa y América, joven padre y precoz viudo, anarquista, amigo de meterse en líos hasta llegar a estar preso y ser deportado, frustrado empresario teatral… Pero, sobre todo, un escritor de poderosa creatividad. Estamos refiriéndonos a Ernesto Herrera tambien conocido como «Herrerita» o «Ginesillo de Pasamonte». Por las vinculaciones de tan personal autor con nuestra barriada, creímos procedente traer a Ernesto Herrera y su ajetreada vida a esta página.
Mucho después de su muerte, el nombre del escritor fue rescatado del olvido para bautizar a la biblioteca de La Mondiola, que estuvo en Julio César y Francisco Muñoz hasta que decisiones de las autoridades -casi siempre inexplicadas y que parecen a veces inexplicables- se la llevaron al norte por encima de Ramón Anador. Allí, todo hay que decirlo, la Biblioteca Ernesto Herrera desarrolla una encomiable labor de difusión cultural.
Ernesto había ingresado un mes antes de morir al lúgubre centro sanitario que se ubicaba en el predio hoy ocupado por el Montevideo Shopping. Llegó con la salud ya muy quebrada desde hacía más de tres años, a causa de una dolencia crónica que tomó posesión de su garganta, primero, y de todo su organismo después.
Había venido al mundo el 20 de marzo de 1889 como tercer hijo de Nicolás Herrera y Matilde Lascazes. Era sobrino de Julio Herrera y Obes, y primo de Julio Herrera y Reissig. Cuando tenía ocho años falleció su madre, lo que hizo que la familia se desintegrara y él pasara al cuidado de la antigua nodriza. Su infancia vino marcada desde entonces por las estrecheces económicas y la enfermedad.
A partir de 1905, entró en el panorama literario del Uruguay de la época, y se relacionó con intelectuales de renombre como Rafael Barrett, en memoria de quien puso luego ese nombre a su hijo. Fundó junto con otros colaboradores la revista Bohemia: una Revista de Arte (1908), donde escribió cuentos firmando con su nombre a la vez que con los seudónimos Herrerita, R. Herita o Ginesillo de Pasamonte.
Su primer viaje a Europa, en 1909, comenzó desde Argentina, donde embarcó como polizón. Fue descubierto y expulsado del barco. Consiguió abordar una segunda nave que lo llevó a Lisboa, desde donde viajó a Madrid. Por circunstancias nunca aclaradas, acabó arrestado en la cárcel Modelo de Barcelona. Fue deportado a América en octubre del mismo 1909. Antes de regresar a su Montevideo natal colaboró en Brasil con unos cuantos artículos para los periódicos anarquistas A Lanterna y A Folha do Povo.
De nuevo en Uruguay, publicó cuentos en 1910 para el periódico El Deber Cívico, que ese año recopiló quince de sus historias en la primera edición del libro Su Majestad el hambre. Durante la guerra civil entre blancos y colorados que traspasó Uruguay, Herrera trabajó como corresponsal en la línea de combate para La Razón. Aquellas vivencias le sirvieron de inspiración para su drama El león ciego, estrenado con éxito el 14 de agosto de 1911 en el teatro Cibils de Montevideo.
Otro estreno, La moral de Misia Paca, el 25 de noviembre de 1911, lo animó a plantearse un segundo viaje a Europa, con el anhelo de ver su obra representada en escenarios españoles. El 2 de noviembre de 1912 llegó a París y ya en diciembre se encontraba en Madrid, donde permaneció hasta abril del año siguiente. Tras residir aún en Europa durante otro año, en junio de 1914 regresó a Montevideo debido a problemas personales y de salud. En nuestra ciudad, continuó su producción teatral con el estreno de El pan nuestro, y dio conferencias, además de un breve intento de arrendamiento del teatro Lumière en 1915, que se saldó con un fracaso tan rotundo como inmediato.
Mientras tanto, había dejado a sus espaldas a un hijo, Barrett, nacido el día de Navidad de 1911, de su unión con Orfilia Silva, quien se quitó la vida apenas dos años después de ser madre, en noviembre de 1913. Desde 1915, el pequeño Barrett quedó al cuidado de la familia Schultze, de Durazno, con la que Herrera había compartido una estrecha relación. En ese mismo 1915, Ernesto iría a parar por primera vez al hospital Fermín Ferreira.
Cuando murió, tenía pendiente de completar el primer acto de La princesita Cenicienta. Nos legó una abundantísima producción, siempre caracterizada por la protesta social y su comunión con el anarquismo. En teatro, El estanque (1910), Mala laya (1911), El león ciego (1911), La moral de Misia Paca (1911), El pan nuestro (1914), El caballo del comisario (1915), El Moulin Rouge (1915) y La bella Pinguito (1916). También el libro de cuentos Su majestad el hambre (1910), e innumerables publicaciones en revistas y diarios.
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