El patrón da su dinero para que el peón le devuelva el equivalente en trabajo.

Así como, vencido el mes, el patrón debe pagar, es justo que durante el mes el peón trabaje.

Aquél que no cumpla con su deber y que debiendo trabajar hace sebo, roba a su patrón. El peón que roba al patrón será despedido”. (*)

Este era un axioma incuestionable para Fernando Juan Santiago Francisco María Piria Grosso, propietario y omnipotente director de las canteras de esta zona, y bajo este dogma se regía su reglamentación laboral en las empresas de las que era dueño y señor.

Al morir el siglo XIX y amanecer el XX, la extracción de granito era una de las principales fuentes de empleo en este deshabitado paraje al este del Pueblo de los Pocitos, y por ello los picapedreros y canteros fueron pioneros en asentar su vivienda en lo que hoy es nuestra barriada.

Quizás laboraban en la cantera aquellos trabajadores que se daban cita “en la mondiola” –vulgarismo por bondiola- junto al puesto que exhibía llamativamente el sabroso embutido porcino, y que así dieron nombre al barrio La Mondiola.

En aquel punto de encuentro y conversación, al resguardo de oídos inoportunos, compartían esperanzas y rebeldías, también añoranzas de sus lugares de procedencia, tan diversos como distantes.

Piria solía reclutar a su personal directamente en Europa, de muy variados orígenes: españoles de Galicia, País Vasco, Cataluña; italianos, franceses, austriacos o yugoslavos.

Hombres que buscaban huir de un continente desangrado por guerras y falto de empleos como consecuencia de la revolución industrial.

Prefería que fuesen solteros y sin familiares en el Uruguay, de modo que en caso de desaparecer, no hubiera reclamos de nadie.

En ocasiones, el empresario les costeaba el viaje. La deuda, a descontar del sueldo, se volvía eterna.

De a poco, estas circunstancias fueron cambiando, los peones establecieron lazos y crearon familias; en la segunda década del siglo XX fueron apareciendo organizaciones sindicales, huelgas, se promulgó legislación protectora de los obreros…

Pero volvamos al principio y sigamos leyendo las normas primigenias de Francisco Piria: “El Establecimiento asignará a cada peón el sueldo que deba ganar, y a medida que se porte bien y merezca aumento, se le dará”.

“Todo peón que no obedezca las órdenes de sus capataces o superiores, será despedido”. “Toda vez que haya trabajos urgentes, los peones están obligados a prestar servicios en días de fiesta, recibiendo proporcionalmente doble jornal; en caso de negarse pagarán un peso de multa”. “El que rompa una herramienta pagará la compostura”. “

Al peón que se le haya hecho una amonestación y reincida en faltar, o no cumpla con su deber, será despedido sin darle cuentas”. “

A todo peón que el lunes no trabaje se le descontarán dos jornales, y si sigue será despedido”.

“Sólo se consideran días feriados los domingos, Año Nuevo, Viernes Santo y Navidad”.

Llaman la atención especialmente, por motivos bien diferentes, las dos proscripciones que siguen.

“Están absolutamente prohibidas las discusiones sobre los partidos blanco y colorado; el que contravenga esta disposición será despedido en el acto”. “Todo peón que orine fuera del excusado, será multado con 25 centésimos y si reincide será expulsado”.

Las canteras de La Mondiola no eran de gran dimensión, no daban valiosos pórfidos ni tan finos granitos como los que Francisco Piria obtenía en algunos filones del Pan de Azúcar y que podemos ver embelleciendo suelos y paredes del Palacio Legislativo, pero la presencia de la explotación marcó la composición social y la fisonomía urbana de nuestro barrio.

La tarea en ella, además de dura, era peligrosa. Barrenos abrían hueco a los cartuchos de dinamita, que al detonar hacían saltar por los aires rocas de enorme dimensión.

Tras la extracción seguía el trabajo, más delicado pero igualmente esforzado y no falto de riesgo, de cortar las piedras en bloques de la dimensión deseada.

No hay constancia de cuántos accidentes hubo ni de cuántas vidas se truncaron en aquella empresa, que se extendía por el espacio que hoy delimitan las calles Juan Pablo Laguna y Luis Lamas, desde Julio César hasta Osorio; donde muchos amigos de Vivir La Mondiola aún recuerdan de su infancia el amplio descampado, magnífico para jugar al fútbol.

La actividad de Piria tuvo también otra expresión en nuestra barriada y sus proximidades.

En su faceta de rematador y especulador inmobiliario, urbanizó más de sesenta zonas de Montevideo, con millares de solares.

Entre ellos, los 120 de la que llamó comercialmente “Costa de Mar”, en el sur de La Mondiola, o las que bautizó como “Nueva Roma”, “General Belgrano” o “Barrio Italiano”, en los alrededores del parque de Villa Dolores.

(*) Las citas entre comillas reflejan las normas aplicadas por Piria, que en el caso de sus empresas de Piriápolis plasmó por escrito en un Reglamento, promulgado en 1898. Información procedente de la obra “Piria, una vida de novela”, de la Maestra Yaraví Roig.

Fotos:
1. Imagen aérea que muestra la ubicación de las canteras.
2. Francisco Piria en 1900.
3. Trabajadores en yacimiento de granito del mismo propietario.

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