-Recuerdos de Carnaval, infancia y rock de los años 50 en La Mondiola, carta abierta de Omar Fernandez a Abriel Mandelzweig
Mocho querido ¿Cómo estas? Yo también bien. Te prometí escribir cuando tuviera un tiempito, y acá estoy. Veremos si te acuerdas de ésta. Era el año 53, y hacíamos entrada a la vida artística, digamos al mundo de las tablas, a la edad de diez años.
En esos tiempos, el bar El Gallo de Oro, frente a la heladería Fuentes, por la misma calle de la Tiendita y Mercería La Playa, del Turquito, según Federico García Vigil y Caio Vila, le decían «el masca queso». Bueno, esa seria otra historia. Retomo: el bar albergaba, en la parte de abajo, unas parejas de baile, como 6 parejas, que bailaban rock.
Verano del 53, el tablado en Berro, casi tocando la puerta de la fabrica de dulces Ravera. ¿Te acuerdas? Bueno, espera, no te pongas nervioso.
Entonces esa noche se presentaba en el tablado la famosa Marta Gularte y su troupe. Las horas pasaban y nada, que no llegaban. Nosotros niños y ya daban las doce de la noche. Llega la noticia que no se pueden presentar. ¿El motivo? Marta Gularte era una persona que se movía y vestía obscenamente; mal ejemplo, muy malo. Se llamó a la policía para averiguar y respondieron que eso era todo producto de una denuncia efectuada por los hermanos Ravera, dueños de la fábrica de dulces, que vivían a sólo veinte metros del tablado.
El Mani, tú sabes quién, se metió en la cachila de Ravera, y en el asiento trasero le mandó flor de cagada y, como El Zorro, le puso su firma, unas cascaritas de maní adornando su escultura ¿Me seguís, no? El ambiente estaba caldeado, los vecinos fueron a la puerta de Ravera a demostrar su descontento, la policía estaba presente. Mi viejo, dueño de la parrilllera, vendía más chorizos, pero que se venía, se venía.
Perucho, quien tenía la parte de música del tablado, el DJ, puso el disco que estaba de moda en ese tiempo El Rock de La Cárcel, de Bill Haley y sus Cometas, y las parejas argentinas de baile entraron en juego. Fue una exhibición maravillosa ¡qué manera de bailar! El público se olvidó de los Raveras, y pedían una más, otra, otra, otra. Pobres porteños, ya no daban mas, y sin cobrar. Serían como las doce de la mañana de aquel viernes de verano, largaron la esponja los porteños y se fueron.
Ahora viene el toque final. Mi hermano menor, El Chiqui, y tú saltaron al tablado a bailar rock; tú lo tirabas, te lo pasabas por la cintura, entre las piernas, era magia pura. Fue un acto de tratar de hacer las cosas mejor, con orgullo y valentía.
Hoy, yo aplico esa lección en mi vida, no sé si me va mejor, pero me siento mejo. Mor eso te doy gracias, Mochito. Tu mejor amigo,
Omar
