Si hubiera que el elegir qué punto del barrio podría expresar mejor su personalidad, posiblemente sería la Plazuela de Las Lavanderas, donde confluyen las calles Buxareo, Echevarriarza y Camino de los Hormigueros. Aquellas mujeres lavaban ropas en el curso de agua que bajaba más o menos por donde hoy discurre la calle Lorenzo Pérez para ir a desembocar en lo que hoy es Manuel Pagola.
Su carácter define bien la personalidad de zona de gente humilde y trabajadora con que nació La Mondiola. Su impronta en el barrio fue tal, que dio lugar a que merecieran ser incorporadas al nomenclátor de la Intendencia de Montevideo, del cual se perdieron las denominaciones de otras calles que surcaban el barrio, como las del Puente, el Lavadero, la Masonería o los Apóstoles.
El lavado de ropa sobre el arroyo de los Pocitos, llevado a cabo por habitantes del otro lado del riachuelo, es decir de lo que se iría denominando La Mondiola, alcanzó tal importancia que a principios del siglo XX existía para esta labor un enorme lavadero -la «gran ensenada», lo llamaban- y una amplia zona de tendal para secado y blanqueo de las coladas. Fue entonces, en el invierno de 1902, cuando el Director de Salubridad Municipal de la época, el Dr. Lapeyre, quiso poner orden en el vertido de las aguas servidas resultantes del lavado. Lavanderas y lavanderos se rebelaron y medio centenar de ellos terminaron arrestados.
Finalmente llegaron a acuerdo, pero el conflicto preocupó tanto a la clase media montevideana que la revista La Semana llegó a publicar un reportaje en que se podía leer «Conviene que no nos lleven presos a los que lavan».
-El conflicto lavanderil: ¡Que no nos lleven presos a los que lavan! (Publicado en La Semana el 5 de julio de 1902)
«Los lectores saben por las informaciones de la prensa diaria que se ha producido recientemente un semiconflicto entre la Municipalidad y los lavanderos de ambos sexos que trabajan en los Pocitos, con motivo de las disposiciones del Director de Salubridad, Dr. Lapeyre sobre el sitio en que deben arrojarse las agua una vez servidas en la preparación de la ropa».
«Que sí, que no; que quieran a o que se resistan, el doctor Lapeyre se muestra inflexible en este caso, dispuesto al fiel cumplimiento de sus órdenes, y los desacatos o contravenciones han sido punidas con multas y prisiones. Así, cuarenta o cincuenta lavanderos y lavanderas han ido estos días a parar a la Policía haciendo de moda el asunto, por la grita levantada y las protestas de la pobre gente a que directamente perjudica la disposición municipa»l.
«El asunto lavanderil ha constituido, pues, la nota de actualidad y da margen a las interesantes vistas que publicamos en estas páginas, reproducción de sitios y escenas para muchos ignorados, y que son sin embargo el centro de trabajo y medio de vida de un gremio numeroso. Claro está que la higiene merece bien que el señor Lapeyre le presta atención en bien de la salud pública –y por esto nadie ha de protestar, pero en este caso piensan muchos que puede llegarse a términos conciliatorios sin necesidad de nuevas multas y prisiones».
«Y, francamente, conviene que no nos lleven presos a todos los que lavan, pues podría llegarse con tal temperamento a poner a Montevideo en la dura necesidad de hacer práctico el conocido refrán según el cual debe lavarse en casa la ropa, etc. Esto sin contar con que extremando las prisiones –ya que se trata de gente pobre que no aflojará la multa en ningún caso- llegará a dejarse sin comer a muchos hogares que viven únicamente con los medios que proporcionan las coladas montevideanas».
Fotos:
1. El lavadero, la «gran ensenada»
2. El enorme tendal
3. Dos lavanderas cargando la ropa para su entrega en Montevideo
4. La Plazuela de las Lavanderas las recuerda en La Mondiola.



