Fue a mediados del sesenta que acompañé a mi padre a la casa de Sebastián Graeff. Recuerdo aún el olor de la enredadera florecida que tomaba toda la pared lateral y una parte de la fachada; fuimos, lo recuerdo, a llevarle unas resmas de hojas y cintas para la Remington que habían llegado desde Buenos Aires por intermedio de un primo marino mercante.
Sebastián era un hombre muy pálido y casi esquelético, de hablar fluido y jovial que nos recibió con grandes muestras de alegría y agradecimiento; él y mi padre tomaron licor de una extraña botella que simulaba un violín y a mí me dieron una “Bils”, bebida que extasiaba mi paladar de niño y que recuerdo todavía como si se depositara en mis papilas en cada evocación. Al despedirme me dijo “hasta algún día querido amigo”.
La visita duró apenas unos minutos pero el recuerdo de ella me acompañó durante años, pues aunque visité una sola vez la casa, tengo conocimiento de que mi padre lo hacía por lo menos una vez al mes para llevarle los materiales que llegaban de la vecina orilla. La curiosidad por este buen hombre no me llegó sino hasta el día en que oí el comentario que mi primo proveedor de hojas hizo a mi padre sobre la descabellada idea de Graeff de escribir una novela infinita, en la que para entender el final hubiera que volver al principio para encontrar las claves que llevaran al lector a comprender que una vez allí debería leer el final para entender el principio y así crear la necesidad de leer una y otra vez creando un círculo perfecto e irrompible entre lector y novela.
El conocimiento de aquella casa, aquel hombre, aquella idea me inquietaron durante muchos años, tantos, que por momentos o largas temporadas intenté desmitificar su idea, para lo cual hice un largo recorrido por el género que me dio por resultado el mero acopio de autores dispares y una desordenada lectura apoyada solamente en el gusto personal y sin recursos académicos; confieso haber leído “Die unendliche Geschichte” («La historia interminable» o, como se conoce, «La historia sin fin» de Michael Ende) sólo porque el título me evocaba aquella casa de la enredadera florecida.
No fue hasta la muerte de mi padre que decidí saber qué suerte habían corrido Sebastián y su empresa y además saber, porque me preocupaba, quién proveería a aquel hombre, en caso de estar vivo y de no haber terminado aún, de hojas y de cintas.
Cuando abrió la puerta, muy viejo y más pálido de lo que lo recordaba, dijo sin dejarme pronunciar palabra: “tu padre lleva tres meses muerto ¿y recién apareces?” Y corrigió inmediatamente el reproche con un abrazo.
Quinientas veintidós altas pilas de hojas A-4 se sucedían a lo largo de un pasillo, todas prolijamente mecanografiadas y sobre las pilas, todas sin excepción, un cartel en la pared que indicaba claramente qué número de página correspondía a cada pila, por lo que pude juzgar que habría unas mil quinientas hojas en cada una de las quinientas veintidós pilas.
En el patio del fondo pude ver por la ventana más de veinte máquinas de escribir de la misma marca y del mismo modelo que se notaba habían sido desechadas seguramente por haber alcanzado el fin de su vida útil.
“Siéntate aquí”, dijo señalando el escritorio centenario con el papel cargado en la Remington; en el papel se leía: “Pág. I cap. I “En la casa de la enredadera vive Sebastián” y la frase se interrumpía, alcé la vista para preguntarle y para mi sorpresa tenía puesto su caco y un sombrero y con una sonrisa de libertad me dijo: Todo está escrito Sebastián, y todo lo escribirás uno y otro día. Desde la puerta agregó, “por el papel no te preocupes, vendrá de Buenos Aires como siempre».
MISTERIO EN LA CASA DE LA MONDIOLA
