El título es del conocido y controvertido periodista Esteban Valenti, y corresponde a un artículo publicado en «La Red21» acerca del historiador Julio Rodríguez con motivo de su fallecimiento en 2006. Nos topamos con el trabajo de Valenti en nuestra búsqueda de bibliografía sobre el barrio, y no hemos querido perder la ocasión de recordar al importante autor que siempre hizo gala de dos vínculos territoriales: sus orígenes gallegos y su arraigo en La Mondiola donde, en una casa de la calle Juan Pablo Laguna 3438, sus descendientes gestionan y animan actualmente el emprendimiento cultural Espacio Buena Vista. Escribe Valenti:
Lo conocí hace muchos años, cuando yo era un tirapiedras y buscapleitos ideológicos y un día me invitaron a una charla en el viejo local de la calle Canelones. Ni siquiera sabía que era el padre de un imberbe como yo, compañero de correrías en el Liceo 12, el “Diente”. Julio me deslumbró.
Y eso que compartíamos militancia con gente como Walter Sanseviero, el Pepe Massera, para citar sólo a los más destacados y punzantes polemistas.
Julio era un minero prolijo, profundo y muy serio de las ideas.
Me cuesta mucho encasillarlo, pegarle una etiqueta.
Era un hombre de izquierda, profundamente crítico, cuando era muy difícil serlo, con la cabeza abierta a todos los vientos.
Leyendo sus libros y escuchándolo era inevitable intuir las horas, la enorme cantidad de tiempo que había dedicado a buscar, a bucear en documentos, en textos, en investigaciones en las que apoyar sus ideas.
Fue un albañil laborioso de las ideas, orgulloso de su origen en el barrio de La Mondiola.
Todavía tengo fresco el recuerdo de aquella primera charla. Fue larga –porque esa siempre fue su característica–, él tomaba un buen impulso histórico y teórico, necesitaba construir una sólida base para sus ideas, para sus provocaciones intelectuales.
No sentenciaba, razonaba y eso lleva mucho tiempo.
En esta época de “ideas flash” le costaba mucho adaptarse.
Luego lo invitamos en varias oportunidades, como profesor de secundaria, a charlas sobre temas históricos.
Nos hacía pensar, nos dejaba sembradas dudas y necesidades en una época en que había demasiadas certezas.
Después me lo encontré en Italia como profesor reconocido y apreciado, hablando un italiano burlón lleno de referencias a sus queridos libros, sufriendo por la prisión de su hijo y por la lejanía.
El “gallego” julio docente de una universidad de Cerdeña. Todavía hoy lo recuerdan con afecto y respeto.
Lo volví a encontrar en Moscú, rodeado de sus libros y sus cavilaciones, con una lejanía que se hacía más dura por las ausencias y por una visión llena de complejidades y preguntas sobre la Unión Soviética.
Era de los compañeros con los que se podían compartir herejías y preguntas graves sobre el socialismo y no recibir recetas y lineazos.
Dudas, no mucho más que eso, también es justo reconocer críticamente los límites que nos habíamos autoimpuesto.
Pero siempre aprendí de las conversaciones con el querido “gallego”, que me repetía que para estudiar y aprender él utilizaba el método del esfuerzo máximo: “corría el piano y no la banqueta”. Siempre tuvo un fino humor sobre todas las cosas, incluso sobre sí mismo.
Hasta que se enfermó y quedó afectado de su órgano principal: la cabeza, intercambiamos una gran cantidad de correos electrónicos llenos de sentido humano, de ideas, de rigurosidad intelectual y de un fino humor.
Mezclaba todo, citas que me han sido muy útiles con sus relatos jocosos sobre sus tareas hogareñas atendiendo a su querida Alba. “Mi entrañable mujer”, como la llamó en uno de sus mensajes, en sus desesperados mensajes de los últimos tiempos.
Uno de esos días me pidió que le averiguara una serie de datos: “Lo pido porque no tengo ni tiempo ni fuerzas para hacer lo que hice con la investigación de historia donde pasé 14 años varias horas por día leyendo miles de expedientes de tierras, miles de correspondencia privada, periódicos, etc. Además tengo 75 años. En mayo cumpliré 76, ahora tengo que interrumpir, se me quema la sopa”.
Esteban Valenti. Periodista


